Sarmiento y Avellaneda: cómo las palabras ejercen poder
Un análisis de las diferencias entre el borrador de Avellaneda (20/4/1870) y la proclama final de Sarmiento, y su significado para la cultura política y editorial argentina.
El 20 de abril de 1870 aparece en los archivos un borrador de proclama atribuido a Nicolás Avellaneda; diez días antes, el 11 de abril de 1870, había sido asesinado Justo José de Urquiza (según el Museo Histórico Nacional, 11/04/1870). Ese borrador, publicado en la edición de Juan M. Garro —Escritos y discursos, tomo VII, p.119— muestra una primera versión que Sarmiento modificó antes de firmar la proclama que figura en las Obras de Sarmiento (tomo XXI, p.309) (fuentes: Juan M. Garro; Obras de Sarmiento). Vemos aquí, en un caso concreto y datado, cómo la redacción altera los efectos políticos del discurso.
Sarmiento como autor “realizativo”
Observamos que la diferencia entre textos no es sólo de estilo sino de efecto. Avellaneda, ministro de 33 años en 1870 (según la ficha biográfica de la Biblioteca Nacional, Nicolás Avellaneda, n.1837), produce una pieza que describe el crimen y lo condena desde la ley. Sarmiento, ya presidente y con otra responsabilidad pública, reescribe para convertir la condena en un acto que pretende restablecer el orden —es decir, en un enunciado que hace algo con palabras. Invocar a Austin aquí no es erudición vana: la proclama sarmientina no informa; ejecuta una denegación de legitimidad política a los usurpadores y convoca a la defensa de las instituciones. Ese paso de lo descriptivo a lo realizativo explica por qué la prosa sarmientina ocupa un lugar singular en la historia cultural argentina.
¿Qué nos dice la variación entre borrador y proclama?
Nos interesa menos determinar la autoría absoluta que leer la variación como índice de posiciones institucionales distintas. El borrador ministerial apela a la ley y al decoro; la proclama presidencial asume la voz de la Nación y usa la retórica para desalentar imitaciones del crimen. Ricardo Piglia señaló que “Sarmiento llega más lejos que nadie” como escritor del siglo XIX (Piglia, “La lectura enemiga”, Página/12, 18/09/2011). Esa afirmación ilumina la operación: Sarmiento no sólo corrige estilo; reubicó la enunciación. Examinar variantes (tomo VII, p.119 vs. tomo XXI, p.309) permite reconstruir decisiones políticas y retóricas. Para la historiografía textual, cada número de tomo y página es evidencia: la edición de Garro registra la fuente en p.119; la versión final aparece en p.309 del tomo XXI (fuentes: Garro; Obras de Sarmiento).
¿Qué implica esto para la cultura pública argentina hoy?
La discusión no es antiquaria. Cuando un ciudadano contemporáneo lee estas variantes, necesita edición crítica, contexto filológico y mediadores que expliquen diferencias de enunciación. Nuestra experiencia reciente muestra que los gestos conmemorativos sin seguimiento editorial se agotan: nombrar una placa o inaugurar una sala no preserva ni explica las complejidades del texto. Sostenemos que la recuperación responsable de documentos como este exige inversión sostenida en curaduría filológica, edición crítica y formación de mediadores culturales, medidas que deben operacionalizarse en políticas públicas. Para que el archivo no sea mera anécdota hace falta transformar gestos simbólicos en programas continuos de edición y mediación cultural.
Cerramos señalando un dato de práctica: las ediciones críticas permiten apreciar matices que cambian juicios políticos. Aquí contamos con al menos dos referencias concretas (tomo VII, p.119; tomo XXI, p.309) que prueban cómo una modificación textual altera la acción política. Si queremos que la ciudadanía comprenda dichos matices, no bastan notas de prensa ni citas aisladas; hacen falta mediadores formados y editoriales sostenibles que traduzcan las variantes del archivo en debate público y enseñanza.