Por qué el 2% mensual no está garantizado y qué implica para la economía
El REM del BCRA estima 2,1% en junio, mientras la OCDE proyecta 31% anual para 2026; la desinflación es frágil y depende de dólares, tarifas y política fiscal.
El mercado espera 2,1% de inflación en junio según el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central; esa proyección incorpora 2,0% para julio y 1,8% para agosto, pero la OCDE proyecta 31% anual para 2026, lo que deja la desinflación en terreno frágil.
¿Qué dicen las cifras?
Los números disponibles muestran una moderación, no una victoria. El INDEC midió 2,6% en abril; mediciones privadas sitúan mayo entre 2,1% y 2,5% (consultoras diversas) y el REM del BCRA anticipa 2,1% para junio, 2,0% en julio y 1,8% en agosto (REM, BCRA). La OCDE, por su parte, ajustó su proyección al 31% anual para 2026 (OCDE, 2026), manteniendo la inflación interanual cerca del 30% según las consultoras citadas en la nota. Esa comparación mes a mes (2,6% en abril vs. 2,1% proyectado para junio) muestra una tendencia descendente, pero la brecha entre la tasa mensual y la tasa interanual revela que la corrección aún no ha permeado los precios relativos ni las expectativas.
¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?
La moderación de precios facilita algún respiro en las tasas reales y en la presión salarial, pero la calma es condicionada. El BCRA ha comprado divisas para contener tensiones cambiarias, y las fuentes privadas advierten que la cosecha gruesa aporta dólares que podrían agotarse, lo que aumentaría la presión sobre el tipo de cambio y, por ende, sobre la inflación. Las paritarias recientes consolidan salarios reales por debajo de la inflación, lo que limita la demanda interna y actúa como freno inmediato al traslado de precios. Sin embargo, esa misma debilidad de la demanda puede ocultar desequilibrios: la caída del consumo reduce la inflación por el lado de la demanda, pero no corrige problemas de costos, precios regulados ni expectativas, que pueden reanimarse si el dólar se acelera.
¿Por qué es frágil la desinflación?
Hay tres factores que explican la fragilidad: la estructura de precios regulados y tarifas, la dependencia estacional de dólares agroexportadores y la incertidumbre externa. El gobierno ha diferido aumentos en impuestos a combustibles y amortiguado traslados en surtidores hasta julio; esas medidas son transitorias y las consultoras estiman que, más allá de agosto, el ajuste de tarifas y combustibles puede acelerar la inflación mensual. Además, la tensión geopolítica sobre los precios del petróleo y la volatilidad de commodities mantienen presiones sobre costos mayoristas. Por último, el elevado endeudamiento y la morosidad de los hogares reducen el margen para sostener consumo, pero no eliminan la posibilidad de episodios puntuales de inflación más alta si se deteriora el esquema cambiario.
Qué debería hacer la política económica
Vemos tres prioridades operativas: 1) mantener disciplina fiscal creíble para reducir la necesidad de financiamiento monetario; 2) sostener una política monetaria estricta hasta que las expectativas se anclen; 3) construir un ancla cambiaria transparente, no basada en intervenciones discrecionales. Además, cualquier asistencia crediticia o apoyo a la producción debe condicionarse a protocolos públicos, datos abiertos y auditorías independientes para evitar captura del Estado y costos ocultos — coherente con la posición previa sobre facilitar crédito y flexibilidad productiva condicionada a transparencia. No hay atajos: la desinflación no se consigue sólo con contención del consumo; requiere resolver la dispersión del conocimiento en los mercados, reconocer incentivos perversos y diseñar medidas que sobrevivan a la presión política de corto plazo. Como recuerda Hayek, el conocimiento está disperso: la política debe ser humilde, previsible y auditable.