Batalla cultural vs. regreso del bullying: una confusión peligrosa
La confusión entre guerra cultural y violencia cotidiana se observa en la ópera Innocence y en un homicidio escolar ocurrido a fines de marzo en Santa Fe (LA NACION, 28/4/2026).
Se trata de la confusión entre la batalla cultural y el regreso del bullying, trazada por la ópera Innocence —donde un hermano asesina a diez compañeros y un profesor— y por el hecho real de fines de marzo de 2026 en Santa Fe, cuando un adolescente de 15 años mató a un compañero de 13 (LA NACION, 28/4/2026). Este cruce entre ficción y realidad es un dato que obliga a separar niveles: la cultura modela imaginarios; el insulto y la violencia cotidiana tienen otras aristas y causas.
¿Qué distingue la “batalla cultural” del bullying?
Vemos a menudo que se confunden dos planos. La batalla cultural alude a la producción de sentido en instituciones, escuelas, medios y arte; el bullying es una práctica interpersonal que acumula resentimiento y daño. La propia crónica de LA NACION recuerda que en la ópera Innocence el episodio traumático consistía en la muerte de diez alumnos y un docente, un símbolo extremo sobre la memoria colectiva y la culpa (LA NACION, 28/4/2026). También remite a una trayectoria histórica: el autor señala los años 70 como época de prácticas que hoy se etiquetan como bullying y afirma que medio siglo de trabajo pedagógico cambió comportamientos sociales (LA NACION, 28/4/2026). Confundir esos planos lleva a respuestas ineficaces: sustituir políticas culturales por insultos en redes no reduce la violencia escolar.
¿Por qué importa la retórica de los líderes?
La retórica pública importa porque legitima conductas. La nota de referencia advierte que parte del nuevo discurso de derecha es agresivo, despectivo y homologable al insulto cotidiano, y que además ciertos líderes proponen facilitar el acceso a armas, combinando lenguaje y política que amplifican riesgos (LA NACION, 28/4/2026). La historia reciente nacional también ilustra negligencias: la propia columna recuerda que entre 2015 y 2019 se descuidó el terreno cultural, un factor que el expresidente reconoció a posteriori (LA NACION, 28/4/2026). Cuando voces públicas degradan el lenguaje, crean externalidades: normalizan la injuria, erosionan normas cívicas y reducen la capacidad de instituciones educativas para intervenir. Hayek advertía sobre la pretensión de conocimiento centralizado; aquí la pretensión es moralizadora y simbólica, pero igual de dañina si captura el aparato comunicacional del Estado.
Qué proponemos: transparencia, protocolos y audiencias independientes
La política cultural no mejora con gritos ni con veto social; mejora con instituciones que rindan cuentas. Exigimos protocolos públicos para la asignación de recursos culturales, datos abiertos sobre financiamientos y auditorías independientes que prevengan captura del Estado por grupos de interés. No se trata de censura sino de reglas: quién decide, con qué criterios y con qué rendición de cuentas. Nuestra columna ya ha reclamado publicaciones de datos y auditorías en al menos cinco notas recientes durante abril de 2026, llamando a evitar consecuencias no intencionadas provocadas por decisiones opacas. El trabajo cultural es un ejercicio de largo plazo; requiere respeto por el orden espontáneo de prácticas artísticas y por la diversidad sin reducirla a consignas. Así, la batalla cultural será efectivamente cultural, no un teatro de burlas que reproduce lo peor del bullying.