Certezas prestadas: religión, política y la necesidad de transparencia cultural
Análisis crítico de una columna que usa la Torá como argumento político y la exigencia de auditorías y datos abiertos en decisiones culturales.
Se trata de la lectura crítica de una columna que transforma la Torá en argumento público y naturaliza certezas políticas: el autor menciona la frase de Javier Milei —según datos del escrutinio oficial de las elecciones presidenciales de 2023— y construye un puente entre tradición bíblica, Descartes y la política contemporánea, sin someter esas afirmaciones a verificación pública (según la Cámara Nacional Electoral, resultado presidencial 2023). Este texto exige que la discusión cultural sea sometida a auditorías y datos abiertos, no a proclamas autoritarias.
¿Qué importa que se invoque la Torá para justificar políticas?
Invocar un texto religioso como fundamento último de una propuesta pública no es una curiosidad retórica; tiene efectos concretos sobre instituciones y recursos. Vemos que cuando la legitimidad se reclama en nombre de una certeza trascendental se restringe el espacio de la deliberación, se privilegia a actores con acceso a canales de comunicación y se facilita la captura del Estado. La columna recurre a Descartes como puente histórico: René Descartes vivió entre 1596 y 1650 (según Britannica), y su apuesta por la duda ilustró otra vía intelectual, la de poner en evidencia la pretensión de conocimiento. En el terreno de la política cultural esa pretensión exige contrapesos: protocolos públicos, publicación de subsidios, y auditorías independientes que permitan trazar quién decide, con qué criterios y con qué recursos.
La historia como advertencia: ¿qué nos enseña el pasado?
La pieza remite a episodios como la ejecución del Maestre templario Jacques de Molay en 1314 (fecha consignada por historiadores, ver Britannica) y a la Peste Negra —que estiman causó alrededor de 50 millones de muertes, cerca de la mitad de la población europea según Britannica— para mostrar que las certezas rígidas pueden preceder catástrofes. Ese uso de la historia funciona, pero exige rigurosidad: comparar 1314 con 2026 es posible, pero obliga a distinguir escalas y causalidades. La lección práctica no es mística: es institucional. Si la cultura pública se sostiene con recursos y reconocimiento, esos recursos deben rendir cuentas. Sin datos abiertos ni auditorías, la historia corre el riesgo de repetirse en forma de captura, clientelismo y decisiones tomadas al abrigo de certezas que nadie verificó.
¿Qué pedimos desde la gestión cultural pública?
Exigimos tres medidas concretas: 1) publicación inmediata y descargable de todos los criterios y montos de apoyos culturales por parte del Estado; 2) protocolos públicos para decisiones editoriales y adjudicaciones, con plazos y motivos consignados; 3) auditorías independientes y periódicas cuyos informes estén disponibles para la ciudadanía. Estas demandas no son ideológicas: son antídotos contra la captura del Estado y las consecuencias no intencionadas que genera la concentración de discrecionalidad. La cultura no es un reservorio ético para certezas privadas; es un bien público que requiere transparencia. La condena teórica a la pretensión de conocimiento debe traducirse en instituciones verificables y en la publicación de datos que permitan la fiscalización ciudadana.