Amityville: cómo un crimen se transformó en industria cultural
El parricidio de 1974 que ocurrió en 112 Ocean Avenue dio lugar a un circuito de libros, películas y turismo macabro que plantea preguntas sobre la comercialización del dolor.
Se trata de cómo un parricidio cometido el 13 de noviembre de 1974 convirtió a una casa de Long Island en una marca cultural rentable, según La Nación.
Observamos que la materia prima fue un crimen real: Ronald “Butch” DeFeo Jr., de 23 años, asesinó a su familia en la madrugada de ese día (según La Nación). El suceso, su posterior juicio —con una condena de seis cadenas perpetuas consecutivas, 25 años por cada víctima (según La Nación)— y la breve estadía de la familia Lutz en la casa —28 días, según La Nación— constituyen el armazón factual que alimentó un relato que Hollywood pudo reciclar sin demasiado escrutinio.
De la masacre a la mercancía
La metamorfosis de un crimen en un producto cultural no es un accidente: es el resultado de una serie de intermediarios —autores, editores, productores, investigadores del fenómeno paranormal— que convirtieron el suceso en narrativa universal. El libro de Jay Anson y la película El horror de Amityville de 1979 inauguraron una cadena: la primera película llegó cinco años después del crimen (1979 vs 1974), y desde entonces, según La Nación, el caso originó más de 40 títulos vinculados directa o tangencialmente al lugar. La conversión incluye relatos orales, testimonios policiales, la explotación mediática de la familia Lutz y la intervención de figuras como Ed y Lorraine Warren, cuya participación fue clave para naturalizar la hipótesis demoníaca en el imaginario popular. El proceso muestra cómo la industria cultural puede transformar un hecho privado en un bien comercializable.
¿Por qué nos interesa esto desde la cultura?
Nos interesa porque el caso Amityville es un ejemplo de cómo la memoria pública se organiza en torno a la espectacularización del dolor. No se trata sólo de que una historia inspire películas; es que la circulación del relato prescinde con frecuencia de investigación rigurosa y de contextos sociales que permitan comprender causas y consecuencias. En términos institucionales, el fenómeno prescinde de organismos que sistematicen testimonios, preserven archivos fílmicos y publiquen investigaciones críticas. El registro público recoge que la casa sigue en pie y que sus propietarios cambiaron la fachada y la dirección postal para desalentar el turismo macabro (según La Nación), lo que demuestra que la dimensión económica y turística terminó por imponerse sobre cualquier cuidado memorial o académico.
¿Qué debería hacer la política cultural?
Sostenemos que la reacción adecuada no es celebrar la mitificación ni organizar gestos simbólicos alrededor de la casa, sino fortalecer instituciones que permitan estudiar y contextualizar episodios así. Eso implica inversión sostenida en archivos, formación de investigadores, fondos para investigación periodística y proyectos de preservación audiovisual que pongan la evidencia documental por delante del mito. También requiere programas de alfabetización mediática para que el público distinga entre relato comercial y reconstrucción histórica. Los ejemplos cuantitativos del caso —28 días de estancia de los Lutz, más de 40 films derivados, la condena de seis cadenas perpetuas y la muerte de DeFeo en 2021, 47 años después del crimen (según La Nación)— son síntomas: muestran una economía cultural que recicla tragedias a falta de tejido institucional.
En definitiva, Amityville nos recuerda que la cultura no es sólo producción de contenidos; es también la infraestructura que permite preservar, interrogar y distribuir esos contenidos con rigor. La política cultural debe priorizar inversión sostenida en oficio, formación y distribución cultural, no gestos simbólicos que legitimicen la mercantilización del sufrimiento.